El asesino de mi madre (Azrael, pt 1)

Un joven desahuciado, recalcitrante e increíblemente terco, quien en su obstinación lucha entre dos sentimientos tan intensos como si aquel fuese un barco en plena mar en medio de un huracán: la ira, insistente como cualquier otra, incapaz de ver más allá de la burbuja de sus emociones, cegado ante el reflejo de sus expresiones; y la depresión, aquella amante fría, solitaria, pero leal, que no abandona en los momentos en que menos se le necesita, que está allí para recordarle una y otra vez de la muerte de su madre.

Allí, tirado en el piso de la biblioteca de su habitación como si estuviese en plena metamorfosis kafkiana, en gritos de aflicción y desesperación, de lleno en una sinestesia que le hace perder los colores y al mismo tiempo todo se vuelve rojo; empezó a diseñar sus planes como si fuese el protagonista de una obra de Dumas. Una decisión, la venganza, la retribución; todo aquello en nombre de la justicia jamás se vería más justificado ante una circunstancia distinta como la estaría en aquella, desprendido de todo, viendo con claridad que tras conocer la identidad de su matricida hubo conseguido la obligación de encarar la situación con sus propias manos. “Nadie puede matarle excepto yo”, decía, clamando ante sí que el deber de juicio no correspondía a ningún tribunal que no pudiese entender su dolor en prima facie como lo habría experimentado él al encontrar el occiso en su habitación.

— ¿Alguien necesita ayuda? — dijo el viejo, quien con sus largos dedos le señalaba detenidamente a una de sus lágrimas, con semblante flemático e imperturbado, alto y delgado así cual psicopompo vestido de traje.

— Dime qué quieres ahora, viejo txistulari — le decía el joven al viejo señor Mojo.

— ¿Realmente crees que lo que vas a hacer es el deber ser?

— No necesito moralismos en este momento — le reclama con desdén, volteando la mirada y dándole la espalda — Tengo el derecho a matar al asesino de mi madre.

Allí empezó todo. Vivir o morir, el juicio detrás de cada ser humano. Queremos creer en la existencia de un orden, de un sistema, de una norma. Que alguien con su voluntad, con su mente, y como agente ejecutor, está en algún lado con un ojo de panóptico, juzgando nuestras acciones y decidiendo nuestro valor moral. Al tener creencias como estas, podemos evaluar a los demás y a nosotros mismos. Podemos ponerle una etiqueta y apuntar a ella cada vez que queramos responder un “por qué” sobre nuestra conducta. Pero la verdad es que, al final de las riendas, entre vivir o morir, no existe valor alguno; toda persona actúa desde su ser y está atado a la misma causa y efecto que todo otro sujeto. Estamos ante la libertad existencial de que nada vale nada, y que creamos del polvo y las cenizas de nuestra historia una cuento elaborado para decirnos todas las mañanas y creer que merecemos algo. En particular, que merecemos vivir.

— ¿De verdad crees que puedes tomar esa decisión? — le dice el viejo.

En aquel momento, el joven encuentra una extraña calma. Encuentra pues algo que muchas personas obtienen de las lúgubres experiencias con el luto: el vacío.

— Alguien tiene que tomarla, ¿no es así? Todos estaríamos de acuerdo que hay gente que merece morir. Si bien no hay pena de muerte, hay muertes que valen la pena.

— Oh, con que valen la pena, ¿eh? Pues dime una cosa. Hagamos de cuenta que estamos en el tribunal celestial, has sido convocado por el propio san Pedro, mi querido Azrael. Estamos por decidir sobre la vida de un hombre. Queremos elegir si esta persona merece vivir. ¿Cómo lo hacemos?

— ¡Ja!, patrañas vascas, como de costumbre. Pues, ¿quién se creía aquel monstruo en el momento en que tomó la decisión sobre mi madre?, ¡¿quién le dio el maldito derecho, señor Pedro?!

— Él mismo, claramente — rechifló sardónicamente el señor Mojo — Si la gente actuara por derechos nadie haría nada, porque todos penden del mismo hilo rojo del destino, y usarían de estas para halar a la gente como marionetas.

— ¡Entonces yo también puedo hacerlo!

— Porque la solución a un problema está en crear otro problema que te distraiga, ¿verdad?

— Ojo por ojo, viejo loco.

— Volvamos al estrado por un momento, ¿te parece? Tienes la libertad de matar a quien quieras esta vez. Dime, Azrael. ¿Qué piensas hacer con tu nueva daga?

Lo pensó detenidamente. ¿Qué haría del mundo una sociedad mejor? Ojo por ojo, diente por diente; ley de talión, no pidas sin dar y no recibas con ingratitud. Anotemos en una libreta cada nombre de cada persona quién haya cometido un crimen grave, para que el ángel de la muerte acabe con todos ellos. ¿Es esto un lugar mejor?, ¿es esto la pena de muerte?

— Eres muy confiado, te viene bien en tu juventud no vacilar. Pero hay algunas cosas que mantienen su equilibrio en nuestra apatía, y solo con esta cual estoico se previene una masacre y una destrucción mutuamente asegurada.

— No podemos dudar con las cosas importantes, señor Mojo. ¿Cómo acaso se puede ser tan frío?

— Nadie puede serlo, Azrael. No hay hombre libre de corrupción.

— ¡Pues sacrificaré toda mi integridad si es necesario! — vociferó el joven — ¡Sacrificaré todo lo que tengo, todo lo que soy! ¡Pobre de mí que me haré el hombre más miserable y depravado del mundo! Pero, ¿dejar impune a quien es vil sin necesidad? ¡Por lo menos yo tengo un motivo!, ¡un propósito! Nada puede ser más equilibrado que lo que hago al desequilibrarme a mí mismo.

— Irás con tu marca ante todo el mundo. Recorrerás la tierra lleno de resentimiento y sed de venganza. Harás de la sociedad un lugar peor porque tomaste una herida y la usaste como un arma; así creíste que nadie te lastimaría otra vez. Y cuando te vuelvas a ver en el espejo pensarás que lo lograste. Y ahí seguirá aquella vieja llaga, doliendo intensamente como siempre.

— ¡MEREZCO MATAR AL ASESINO DE MI MADRE!

El viejo saca de su abrigo una pistola, y extiende su mano hasta el joven para dársela.

— Entonces hazlo.

— Lo haré.

En ese momento, el joven se dispara a sí mismo.

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No decidí poder tomar decisiones

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Cemantico

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