La masacre de los inocentes (Azrael pt 3)

Rubens, 1612.

Érase allí, en una isla desolada, en la que reposaba el cuerpo de un hombre joven, quien yacía en la orilla inconsciente, desprolijo, con un orificio en la sien.

— Esto es lo que se siente estar solo.

Una noche, clara, despejada, en la que las estrellas en el firmamento se reordenaban una y otra vez a quien las viera. Nada permanecía en el mismo lugar. Nada nunca se quedaba quieto. Era caos en la noche. Era desorden en los cielos.

— Esto es lo que decidí. Mírame. Aquí estoy.

En la tierra todo estaba obstruido, no había cosa que no anduviere acompañado de otra. Nada nunca estaba solo sin compañía de algún otro. Nada nunca se movía de su lugar. Era paz en las aguas. Era desierto en la tierra.

Porque todo estaba unido a otra cosa, y mientras más cosas hubiere, más se apretaban unas a otras, como si se amarraran entre sí con cuerdas invisibles. Allí yacía el cuerpo de un hombre joven. Allí yacía el cuerpo de un hombre solo.

Una madre observa a su hijo divertirse en el parque; repitiéndose “¿En dónde están los que vinieron antes que nosotros?”; repitiéndose, “¿qué fue de mí cuando jugaba en los parques?”

— ¡Mamá!, ¡mamá! — le gritaba su hijo yendo hacia ella — ¡Mira lo que encontré!

Y le mostró un reloj viejo y destruido. Uno de aquellos que ya no se conseguía, de bolsillo, de coraza dorada y rayada. Un artefacto fascinante, un objeto olvidado. “Aquí están”, le dice la madre, “aquí están los que vinieron antes de nosotros”, mientras aprieta su mano junto al reloj, mirándole fijamente a los ojos, con dulzura, con amor. Porque no había mejor manera de decirle a alguien que no está solo. La compañía humana se tiende en sus ojos que como dos oasis reflejan el color de las alturas; y ante ellos fungen de espejismos a quienes le miran buscando aguas calmas en tan áridas almas.

— ¿Y quiénes vinieron antes de nosotros? — le pregunta el niño.

La madre sonríe. “Mira tras de ti. Recuerda que eres mortal”.

Caían los cuerpos desplomados como mosquitos en pesticida. Uno tras otro, número por número; una pandemia mundial, una guerra invisible contra Azrael quien desde los cielos anunciaba el inicio del fin de los tiempos. «¡Quién no merezca vivir que no lo haga!», gritaba aquel, «¡Cargaré yo con toda la culpa del mundo!, ¡seré el ser más maldito del mundo!, ¡mírame ahora, Satanás!, tu rebelión ha perdido. ¡No hay más corrupción en el mundo, porque toda la corrupción es mía!».

El señor Mojo le miraba, mientras aquel salón artúrico prendía en llamas, pieza por pieza; la caída de Camelot. Los ángeles gritaban en agonía, mientras se despedazaban centímetro a centímetro, implotando en polvo cruento, ígneo para lo que lo tocase, deflagrando a su alrededor en vendavales huracanados.

Esto es la pena de muerte. Este es el poder de los poderes; quien sabe que es mortal y mata a otro para no morir, es alguien que muere un poco cada día. Allí están quienes estuvieron antes que nosotros, sin poder ni voz, sin vida propia ni ajena, un recuerdo podrido y en descomposición. Un cuerpo que yace en la orilla de una isla desértica. «Aquí estoy», decía, «Esto es lo que se siente estar solo», repetía, mientras se oía una tenue voz entre los llantos de desesperación del genocidio terrenal. “Mira tras de ti”.

Érase allí, en una isla desolada, en la que reposaba el cuerpo de un hombre joven. Llorando, en lágrimas, subsumido en la culpa, en los recuerdos, maldiciéndose a sí mismo. «Merezco matar al asesino de mi madre», decía, «merezco cargar con mi propia muerte. Es así como muere el inocente. Matándose a sí mismo».

— ¿Alguien necesita ayuda? — dijo el viejo, quien con sus largos dedos le señalaba detenidamente a una de sus lágrimas, con semblante flemático e imperturbado, alto y delgado así cual psicopompo vestido de traje.

— Alguien tenía que hacerlo. Alguien debía morir.

— Todos vamos a morir igual. Te afanas al tiempo como si el presente fuera lo único que tienes, pero no. El tiempo te tiene a ti. Y no puedes huir de él.

— Estoy solo, viejo. No tengo a nadie. Perdí a mi mamá porque el tiempo la mató. Perdí a mi mamá porque no estuve con ella.

— Todos vamos a morir igual. Estás solo ahora, y estabas solo antes. No hay alma mortal que se encuentre en compañía, porque en tan áridas almas solo hay aguas turbias. Solo hay miles de voces que gritan por doquier cada sensación, creando del polvo y las cenizas de nuestra historia un cuento elaborado para decirnos todas las mañanas, y así creer que merecemos algo. Que somos algo. Pero no somos nada.

—No… pero… — dudaba — … esto está mal. No podemos dudar con las cosas importantes. ¡Sacrificaré toda mi integridad si es necesario! Pero no permitiré que seamos nada ante la belleza del mundo. No permitiré que la muerte de mi madre sea en vano.

— Todos vamos a morir igual. Estarás solo siempre, nada puedes hacer para evitarlo. Esta es la depresión del mundo. Esta es la marca de quien no se ama a sí mismo.

— ¡NO ME IMPORTA! — le grita — No importa si soy mortal porque solo estoy ahí cuando estoy vivo. No me importa si para escribir mi historia debo perderlo todo; no me importa si para poder amar tengo que masacrar a los inocentes. Estaré solo ahora. Viviré solo siempre. Y estaré solo cada segundo que decida amar a otra persona. Estaré solo en todo momento que decida dejar de estar para mí y estar para el otro. Estaré solo porque alguien tiene que estarlo. En esta tierra que todo tiene compañía se aspira al cielo viendo cómo todo cambia. Mi depresión será mi amante ahora y siempre. Y así será, porque nadie puede amarme. Hay gente que merece morir.

— Entonces esto fue lo que decidiste para ti —le dice el señor Mojo.

— Esto es lo que decidí. Mírame. Aquí estoy. Esto es lo que se siente estar solo.

Le respondía el joven en sus sollozos, rodeado de gritos de desesperación del genocidio terrenal, mientras oía una tenue voz diciéndole “Mira tras de ti. ¿En dónde están los que vinieron antes que nosotros?”.

— Merezco matar al asesino de mi madre — le dice el joven.

— Entonces hazlo.

— Lo haré.

En ese momento, el joven cierra los ojos y muere.

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No decidí poder tomar decisiones

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Cemantico

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