Metempsicosis (Azrael pt2)

— Entonces esto fue lo que decidiste para ti — le decía la madre a Azrael mientras le miraba con dulzura y le acariciaba la cabeza — Has hecho un desastre tu peinado, pero aquí estás. Estás a salvo.

— ¿En dónde estoy? — pregunta el chico.

— Resguardado entre torres, en donde nadie te puede hacer daño.

El muchacho se levanta agitado, tocándose la herida de la cabeza en sorpresa al notar que allí había un agujero; no recuerda nada de lo que pasó antes de hoy, lo único que había para él era su inmediatez. No había ni una penumbra de recuerdo, toda sensación era nueva en ese lugar, en ese momento.

— ¿Madre? — le pregunta el joven.

Aquella le mira, cambiando de ceño en ceño notando lo que ocurría en él, pasando desde la desilusión, la tristeza compasiva, hasta nuevamente la ira.

— ¿Por qué lo hiciste? —le dijo ella.

— ¿Qué he hecho ahora?

— ¡Azrael! — se escuchaba a lo lejos un grito desenfrenado, al cual, bien sin reconocerlo, el zagal no podía sino sentirse acudido.

Se asoma pues por la ventana de esta extraña cabaña hiperiluminada, rodeada de haces nebulosos amarillentos y de cirros brillantes, y delineado por nimbos en el horizonte.

— ¡Azrael! — repite aquella voz.

— ¿Pedro? — pregunta el muchacho.

— ¡¿Acaso te quedaste dormido?!, ¡te estamos esperando en el concilio!

Aún sin entender qué sucedía, en dónde estaba, o aún peor, quién era él o quién era Pedro, sentía un gran ímpetu dentro de sí que le llevaba a querer ir con él a lo que le llamaba. En ello, voltea hacia la mujer para hacerle una pregunta, en lo que le interrumpe:

— No… No volverás acá.

Las luces se apagan súbitamente; los colores de su visión se entremezclan en la frente de la señora como si brotase de ella un agujero negro que atrae ante su ciclón todo aquello que pueda ser visto, quedando solo oscuridad, y brillos carmesíes que aparecen espontáneamente. Se escuchan gritos a lo lejos, gente pidiendo ayuda. El sonido de una ambulancia que en la distancia parece aproximarse poco a poco.

Aparece pues en una habitación, despierto, de pie; una en la que hay una biblioteca, una alfombra roja, y una familiaridad increíble para sus ojos. Era como si ya hubiese estado en ese lugar, pero seguía sin recordar qué había sucedido.

Entonces múltiples rayos áuricos impregnan el lugar como si estuviese rodeado de fotógrafos escandalosos de Hollywood buscando el mejor ángulo. Una mesa redonda apareció frente a él, en la que había varias personas.

— ¡Por fin has llegado Azrael!, ¿te importaría tomar asiento? — le dice Pedro al chico — Estamos todos aquí reunidos para decidir sobre la vida de un hombre. Queremos elegir si esta persona merece vivir. ¿Cómo lo hacemos?

— ¿Qué sabemos sobre la persona? — intercepta Azrael.

— Todo. Lo sabemos todo. Desde que nació, hasta el momento más póstumo de su vida. Sabemos todo lo que ha hecho. Sabemos todo lo que hará. Pero estamos en este momento, y solo en este momento, para poder decidir si le cambiamos la fecha. Queremos saber si cometimos un error en no interferir. Nuevamente, ¿acaso esta persona merece vivir?

Le responde, pasándole un libro gigantesco, digno de ser bíblico. Un libro sin título, que al abrirlo podía leer detalle a detalle qué ha pasado y qué pasará con esta persona. Estaba todo atado a la misma causa y efecto, secuencia a secuencia. Solo había una página vacía, una página en el medio.

— Ahí vas a escribir si esta persona es merecedora de la pena de muerte, Azrael.

— ¿Por qué debo decidir esto? — inquiere el muchacho.

— Alguien tiene que hacerlo — replica con obstinación — Hay muertes que valen la pena. ¿Quién se creía él después de todo lo que ha hecho?

— No… pero… — dudaba — … esto está mal. Hay una página en blanco en el medio. ¿Acaso no puede escribir su propia historia?, ¿quién carajos nos creemos? No debemos interferir.

— ¿Y quién se creía aquel monstruo en el momento en que tomó la decisión sobre las cosas que ha hecho?

Lo pensó detenidamente, se detuvo a sacar cuentas. Una persona mata a una persona. Otra persona le mata por ser un asesino. ¿Es esto mejor? El asesino no matará más gente, pareciera que sí. Pareciera que la forma de derribar a quienes juegan a ser Dios es clavarles la daga de Azrael por el corazón. La conclusión es simple: Un mundo sin Dios es un mundo mejor, y ante la existencia de uno, otro tendría que surgir a destruirlo. Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos?, ¿quién limpiará esta sangre de nosotros?

— Entropía — dijo un anciano sentado al fondo, alto y lánguido, señalando al libro con sus ahuesados dedos — Caos. Tienes en tus manos un libro, y crees que de ello hay una historia. ¡Qué arrogancia la tuya el ver toda una vida en donde no hay nada escrito!

— Todo ya está escrito; no hay nada nuevo bajo la luz del sol — le repite Pedro.

— ¡Vanidad!, ¡vanidad! Todo es vanidad. ¿No es la grandeza de esta muerte demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella?

— No… — repetía el joven — ¡No! No podemos interferir.

— Pero… — interrumpía Pedro una vez más — eres el ángel de la muerte. Nadie más puede decidir.

— Que decida él mismo.

— No, no, no… ¿Dejaremos que esta gentuza decida sobre estos asuntos tan importantes? Patrañas vascas las tuyas. Toma esto.

Entonces Pedro le pasó otro libro, uno completamente negro, con cubierta de cuero y sin ningún otro detalle más. Sin embargo, este, a diferencia del anterior, era más pequeño, de pocas páginas. Se encontraba completamente vacío.

— ¿Qué clase de juego es este?

— El juego más largo de todos los tiempos. La destrucción.

Azrael entendió fácilmente a qué se refería. Una libreta vacía, en la que en vez de escribir la vida de alguien, escribiría su muerte; podía escribirlo de una o de varias personas. Estaba ante él, nuevamente, decidir qué ocurriría.

— ¿Acaso no vale la pena sacrificarlo todo?

— ¿Para obtener qué?

— Balance. Equilibrio. Justicia.

Parecía ideal para él. Nuevamente, estaba reacio ante la idea; empero, en ese momento recordó algo. Un disparo, un sonido lejano. No sabía de dónde venía, no sabía que podía significar. Ante él hubo un impacto, una onda sónica que desde su puesto era incluso sísmica. Su visión se diluía, como si el cielo temblara con un terrible terremoto. Y dentro del pecho del joven salían luces rojas, no muy resplandecientes, que impregnaban todo de su color carmesí y vibraban en su interior generando ira.

— Sí… — dijo el chico — Ahora recuerdo. Hay gente que merece morir. Hay mucha gente terrible en este mundo. Violadores, asesinos, torturadores, estafadores. De toda clase, de todo color, de todo momento y de todo lugar. La vileza es ubicua. La vileza es infinita. Y solo hay una forma de liberar al mundo de ella…

— ¿Cómo? — le pregunta Pedro.

— Me haré el ser más miserable y depravado del mundo. Libraré a todo humano de toda su vileza, y me la quedaré yo. Porque soy egoísta. Porque quiero. Porque puedo. Porque nadie se la merece. Yo soy la muerte. Yo soy el fin. Yo soy la entropía.

Hubo silencio en el salón, todos miraban atentamente al muchacho. Aquel pues toma aquel libro, y escribe solo un nombre. Luego lo cierra, y se lo lanza al viejo del fondo, mirándolo fijamente, esperando su respuesta.

— Entonces esto fue lo que decidiste para ti.

Le dijo el señor Mojo, sonriendo, leyendo el nombre del muchacho en el libro.

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No decidí poder tomar decisiones

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Cemantico

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No decidí poder tomar decisiones

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